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Asomado en lo alto de la baranda de la terraza de un patio de una casa en la calle de un pueblo que no creía que fuera el suyo, contemplaba cómo un niño de pelo cano, con pocos dientes y pantalones bombachos, sonreía a una gata joven de patas cortas y maullido sordo que jugaba con un muñeco de trapo blanco, con ojos fijos de fino plástico y rasgados miembros debido al poco encaje de felino, infancia y calma.

Porque ese verano seco de sudor quemado lo sentían sus carnes en las tardes largas de chicharras asadas que emitían sonidos de socorro en los arriates de geranios y jazmines de la casa madre de una familia antigua, que decían era la suya.

Y bajo las sombras de los muros anchos que levantaron aquellos que se alzaban en lo alto de la copa del genealógico árbol bordado con punto de cruz y enmarcado en el pasillo que daba a la alcoba, que le habían cedido amablemente dos gemelas de cuyos nombres ni se acordaba, refrescaba su cansado cuerpo de emigrante errante por parajes lejanos de verdes prados, mientras buscaba su nombre en alguna de las ramas del frondoso árbol que frutos había dado.

Así, volvía cada año, por las mismas fechas, a encontrarse rodeado de fauna, flora y recuerdos que no le devolvían la memoria que había perdido, no sabía cuándo ni dónde.

Manolo

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