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Recuerdo que cuando llegaban las vacaciones de verano, el colegio daba paso a unos meses de calor en esta Extremadura extrema de climas, colores y formas. Allá por la década de los 80, esos meses me tenían reservada la experiencia estival de adentrarme en el mundo que se encontraba al cruzar las puertas del taller de mi padre. Coches, olor a gasolina y a grasa, manchas en todo lugar de mi cuerpo y ropa, recambios, herramientas, fosos y un lugar apartado al final del taller, donde se acumulaban aquellas piezas cuya vida útil llegaba a su fin.

Ese lugar empecé a transitarlo de casualidad, porque para llegar a él había que pasar por el lavadero, donde cada sábado, antes del cierre semanal, se adecentaban todos los coches que estaban a la venta. Con el paso del tiempo, y tras muchos coches lavados, los montones de piezas, partes de motores, cables, y diferente chatarra mecánica empezó a convertirse en un imán que atraía buena parte de mi jornada de aprendiz de mecánico. Siempre imaginé la cantidad de cosas que podrían hacerse con esos materiales desahuciados. Siempre quise darles vida.

Cuando hace unos días vi la exposición de Ramón Castuera en el Palacio de Congresos de Mérida, experimenté el efecto Ratatouille en mis propias carnes. Él lo había hecho, y sin duda, con el arte que le caracteriza.

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El Bestiario de Sarteneja es una “obra” de detalle, de paciencia, de conocimiento y de mensaje vital. Es una composición de elementos imposibles. Una fotografía de la renovación de lo desechable por parecer despreciable. Un alegato a la oportunidad de lo pequeño en un mundo que mide a precio y al peso. Un estilo de creación artística que apuesta por convertir lo cotidianamente sencillo en elementos complejamente atemporales.

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Los mecanizados insectos, los fantásticos animales, los imaginarios exoesqueletos, las figuras imposibles conforman el mosaico del Orfeo extremeño, un argonauta de Pueblonuevo del Guadiana, que compone no para tocar la lira, sino para tocar la vida. Ramón Castuera, con esta disciplina, casi confirma lo que Mary Shelley imaginó con Frankenstein, que las criaturas calladas esperen calmadas el corazón que permita el movimiento de los, a futuro, cinemáticos y modernos Prometeos.

 

Fotografías: manoloromero
Manolo

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